 Suele achacársele falta de compromiso, de presencia en los partidos
decisivos, clichés cuya falsedad ha sido diluida por la repetición.
Nada grave, salvo cuando la cháchara proviene de hinchas de
Independiente.
Es el mejor jugador que tuvieron en años, pero a muchos no termina de
convencerlos. No es Bochini. Insignes picapiedras que se ganaron el
salario con la camiseta roja en los últimos tiempos no han recibido ni
la mitad de las imputaciones.
Preguntas que me resultan inevitables: ¿Qué habría pasado si el gol que
le hizo Montenegro a Boca lo convertía Riquelme? ¿Hasta qué año
habríamos alabado su aparición fulmínea, su botín poético, su don
mesiánico? ¿Habría sobrevivido el periodista Horacio Pagani al impacto
o se habría prosternado allí mismo, entre los colegas del palco de
prensa, para honrar como corresponde la revelación sobrenatural?
Me temo que Riquelme, capaz de magníficos pases y de tiros libres
dulcemente envenenados, tal vez no podría girar y abochornar a su
marcador con un caño en el mismo movimiento vertiginoso como lo hizo el
diez de Independiente. Velocidad, reflejos prodigiosos, contrapaso de
bailarina.
No, no podría hacerlo ahora, que tiene otros ritmos y, en especial,
otras prioridades: la organización, la pelota parada, la arenga a la
tribuna, la gran gestualidad de los cracks. Creo que no se le ocurriría
hacerlo.
Pero a Montenegro le cuesta tanto consolidar al menos un día de gloria,
silenciar los peros, las distracciones, que esta vez su gol antológico
debe competir con el colorido racista desplegado en la tribuna de
Independiente.
Ya saben, las banderas paraguayas y bolivianas, la humorada
despectiva y brutal (difícil encontrar otros modos en una cancha) que
exhibió la hinchada local para machacar sobre el gran tópico cuando se
intenta agredir y rebajar a los de Boca.
La titular del Instituto Nacional contra la Discriminación (Inadi),
María José Lubertino, ha dicho que el árbitro, Sergio Pezzotta, debió
suspender el partido, atento a la normativa de la propia AFA. No fue la
única voz de razonable condena frente a un episodio que, no obstante,
lo único que tiene de original es el esfuerzo de producción. El
espectáculo que convierte la leche del prejuicio con que nos han
alimentado en un ademán jactancioso. En una infamia.
La noción de que bolivianos y paraguayos son aspirantes fallidos a
ciudadanos, que por patria y color pertenecen a un rango inferior a los
argentinos no sólo se advierte en las canchas de fútbol. La cancha, sí,
ofrece un permiso para ejercer la violencia (que no se reduce a tirar
piedras) que torna lícito lo que en otro ámbito (aun para las mismas
personas) resultaría vergonzante. Negro, villero y boliviano son
insultos equivalentes. Vomitados a repetición en la cancha, pero
incubados en casas, parques y paseos de todos los pelajes sociales.
Qué bien que se castigue a los agresores, usen pistolas o consignas
nazis. Pero no sólo cuando su irrupción es demasiado ostensible. Lo que
se escucha en tribunas y plateas cada domingo da el mismo asco que las
banderas de los hinchas de Independiente. Se nota menos, pero todos lo
saben y, se supone, existen los instrumentos para combatirlo. El
racismo y la violencia consentida son menos excepcionales que el gol
del Rolfi Montenegro. Suena injusto que le disputan el estrellato. |