 El mejor equipo que integré fue, lejos, el juvenil en Japón. Era
extraordinario. Nunca me divertí tanto". Las palabras tienen un dueño
célebre. Quien alguna vez las dijo y las repitió como una realidad
irrefutable fue el más grande jugador argentino de todos los tiempos. A
partir de esa afirmación de Diego Maradona, todo lo que se pueda decir
sobre la Selección campeona juvenil de 1979 no alcanzará para describir
aquel equipo que se divertía y divertía.
A fines de los
setenta y con la idea de globalización sólo en las afiebradas mentes de
los filósofos futuristas, Japón no era más que un punto inhóspito en el
otro extremo del planeta. Por eso, la epopeya de aquellos juveniles
adquirió aún más relevancia, como todo lo que se consigue lejos de casa.
Maradona
fue la figura y el dueño de aquel equipo soñado por el maestro Ernesto
Duchini y armado por César Menotti. Diego llegó a Oriente con la sangre
en el ojo por haber quedado afuera del Mundial 78 a último momento. La
bronca dura hasta estos días, pese a que sólo un año después logró
llevar a la gloria mundial a un combinado nacional por segunda vez en
la historia.
El vuelo duró un día entero y cuando
llegaron, los adolescentes argentinos tuvieron la sensación de estar en
otro mundo. Hasta aquella mañana, Tokio era una ciudad que ni siquiera
conocían a través de la televisión, sin embargo, después del siete de
septiembre se convertiría en el escenario donde se gestó y vivió el
mejor equipo argentino de la historia.
TODOS LOS NOMBRES El equipo estaba claro: Sergio García, hombre de Flandria, era el
arquero; la férrea defensa era sostenida por el carácter de Juan Simón
y Rubén Rossi; el centro del campo era propiedad de Juan Barbas, bien
escoltado en los extremos por el talento de Gabriel Calderón y la
velocidad de Osvaldo Escudero. Arriba, el talento inconmensurable del
Diez era la mejor compañía para una animal del gol: Ramón Díaz. Los
tres partidos de la primera fase se jugaron en Omiya. El debut fue el
26 de agosto, ante una Indonesia de la que poco se sabía y poco hizo.
Fue 5-0, con dos goles de Diego y tres de Ramón. El segundo rival fue
mucho más duro: Yugoslavia. El triunfo 1-0 con gol de Osvaldo Escudero
unió aún más a la Selección, porque se habían sacado de encima con
autoridad a un adversario complicado, peligroso.
El
final de la fase inicial los enfrentó a Polonia, que también llegaba
con dos victorias en su camino. La goleada 4-1 le dio a Argentina el
mote de candidato, se convirtió en el equipo que todos querían ver, en
la vedette del certamen. Diego, Calderón en dos oportunidades y Juan
Simón marcaron los goles del conjunto albiceleste.
La historia entre Menotti y los pibes fue de amor correspondido.
Mientras los jugadores lo miraban y escuchaban con admiración, el
entrenador estaba feliz por haber encontrado los intérpretes perfectos
para la versión del fútbol que más le gustaba. El equipo juvenil del 79
fue, sin duda, el que mejor entendió la filosofía del Flaco.
Para
los cuartos de final hubo que viajar a Tokio. El rival era Argelia, que
había sorprendido a España en la primera ronda. La excursión no era
fácil, pero aquel equipo de ensueño se la sacó de encima con la
autoridad de los campeones. Ramón Díaz marcó tres goles para la
confirmación, si aún hacía falta, de que Argentina era el máximo
favorito al título. Maradona y Calderón cerraron el 5-0 y el pase a
semifinales.
Pese a la fiesta de goles, aquel no fue un gran día para el Gran
Capitán. Menotti lo reemplazó en el segundo tiempo y Diego lo sufrió
como una verdadera expulsión. Volvieron los fantasmas de mayo del 78,
pese a que la camiseta número 10 ya era suya para siempre.
"Te saco para protegerte", le dijo el Flaco. Al Pelusa no le importó y
masticó bronca hasta la noche, con la goleada y el pase a las semis
consumado. Al otro día todo quedó en el olvido y la atención se posó
sobre el próximo rival, que el destino había querido que fuera uno bien
conocido: Uruguay, que también llegaba con cuatro triunfos en su camino
y tenía en Rubén Paz a su gran figura.
UNA VICTORIA Y ALGO MÁS En semifinales, otra vez el escenario fue el Olímpico de Tokio, con
20.000 japoneses que llegaron para ver en acción al, quizás, mejor
equipo que hayan tenido alguna vez en ese estadio. El primer tiempo fue
duro, peleado, pero Argentina no renunció a su estilo: toque corto,
juego preciso y paciencia al servicio del buen fútbol. El 0-0 no era un
resultado acostumbrado para los muchachos de celeste y blanco, sin
embargo, el adversario ameritaba un esfuerzo distinto, un plus que el
equipo liderado por Maradona estaba dispuesto a entregar.
Los
dos goles que le dieron a Argentina la clasificación para el partido
definitorio nacieron en la sociedad más importante del plantel. Pase de
Ramón Díaz, gol de Maradona, pase de Diego, gol del Pelado. Fueron las
dos figuras del Mundial, los hombres en los que descansaron las
esperanzas ofensivas de un equipo que alcanzó la final tras vencer en
el gran clásico rioplatense.
"Pase lo que pase, la gente
se va a acordar mucho tiempo de ese equipo. Así que jueguen como
siempre, respeten lo que sienten". La charla técnica previa a la final
ante Unión Soviética mostró a un Menotti auténtico, seguro de que sus
muchachos no lo defraudarían justo el día más importante.
El
encuentro comenzó más complicado de lo esperado. El fútbol mecánico de
los soviéticos neutralizó los circuitos ofensivos y de creación del
combinado nacional. Argentina tuvo un primer tiempo mediocre, quizás el
peor del torneo.
La segunda parte comenzó peor, porque
Ponomarev abrió el marcador apenas salieron del vestuario. Diego y sus
compañeros se sentían incómodos, como si este partido no formara parte
del campeonato que ellos querían ganar de punta a punta. Pero siempre
aparecía una figura para cambiar la historia. A poco del final ingresó
Juan José Meza y todo cambió. El equipo volvió a ser, recuperó su
frescura y los goles llegaron por peso propio.
Hugo Alves
empató de penal a los 23 minutos. Sí, un penal que no pateó Diego, pero
que festejó con el alma, como Menotti, quien años después confesó: "Ése
fue uno de los pocos goles que grité en mi carrera". El 1-1 era una
realidad, ahora sólo quedaba seguir atacando para cumplir el sueño de
todos.
Tres minutos más tarde el gran artillero del
campeonato anotó su octavo gol en la Copa y le otorgó al país la
certeza de que nuevamente una camiseta celeste y blanca estaría en lo
más alto del podio mundial.
A 14 minutos del final
apareció el genio en toda su dimensión. Diego acarició la pelota como
tantas veces y de tiro libre decretó el 3-1. Era el broche de oro, la
obra cumbre en el torneo que fue testigo del nacimiento de Maradona
como capitán, genio y figura de la Selección.
GLORIA Después llegaron los festejos. Un grupo de pibes que arribaron a Japón
curiosos por conocer un país extraño y se fueron aplaudidos por 52.000
nipones que disfrutaron de un juego que hasta ese momento jamás habían
visto en vivo y en directo con semejante perfección.
Diego
ganó el Balón de oro al mejor jugador y Ramón se llevó el Botín de oro
al goleador. La celebración estuvo repleta de trofeos y de alegría. La
misma alegría que durante seis partidos desparramaron por las canchas.
"Hay
dos equipos: el Santos de Pelé y el Juvenil del 79". La fascinación de
Menotti por este plantel excede cualquier análisis. Fue su equipo
perfecto, el punto cumbre de su idea, la certidumbre de que con fútbol
se puede llegar a la cima. Y que gracias a esas armas nobles, se
disfruta mucho más cuando se alcanza la gloria.
Aquellos
colimbas que estuvieron a punto de realizar el servicio militar
obligatorio fueron los mismos que hicieron madrugar a un país sumido en
su época más nefasta. Una vez el sistema les jugó en contra a los
dueños de los años más tristes de la historia. Durante algunos días las
madrugadas del pueblo argentino estuvieron protagonizadas por los goles
y no por los gritos de dolor. Eso les alcanzó a estos pibes para
ganarse un lugar en el olimpo del fútbol nacional. Un lugar que ya
nadie les quitará. |